No era tiempo ni de tormentas ni de golondrinas, así que Jesús no tuvo otra que caminar mirando al frente.
El dinero siempre escaseó, así que este viaje no era particularmente una fuente de confort. Lo primero que tuvo que aprender a hacer era tener ojos en la espalda. Para ello necesitaba rodearse de gente en la cual confiar, cosa difícil de lograr para los tiempos que corrían en ese entonces. La crisis no era un tema pasajero, era más bien una enfermedad crónica que iba carcomiendo los cimientos de la civilización, la lepra de su tiempo. De hecho el desorden político y financiero era tal, que a nivel social se producía un libertinaje al más puro estilo de la ley de la selva.
Como en todo lugar había dos tipos de personas: gente a la que esto le importaba y gente que creía que Dios lo solucionaría (la evidencia ha demostrado que una de esas partes ha estado equivocada durante mucho tiempo). Pedro, o el Piter como lo conocían en el pueblo, pertenecía a la primera clase de gente. Se desempeñaba como dirigente vecinal y siempre había sido muy honrado, aún cuando sus pasionales arengas ocasionales le hayan costado la etiqueta de alborotador. Había estado casado pero su mujer había muerto en un parto que nunca se logró concretar. Esa desgracia fue la gota que rebasó su fe. De hecho esa noche se habría escuchado por primera vez el grito que lo volvió todo un personaje de su barrio: “si por alguna casualidad existe un Dios, tiene que ser un hijo de puta”.
Más tarde, cuentan quienes le conocían más de cerca, cuando le pidieron que rectificase su conducta pidió disculpas a las putas por haberlas involucrado en tan impetuosa declaración.
Nunca se repuso completamente de su pérdida. Lo primero que hizo fue renunciar a su trabajo y comenzó a pescar. Con el tiempo se consiguió un pequeño bote en el que salía largas horas a buscar su alimento. Durante ese tiempo aprovechaba para pensar. El Piter no era tonto, pero tampoco digamos que se trataba de una lumbrera intelectual. Aún así la soledad ayudó a descruzar ciertos cables en su cabeza y poder mirar la realidad sin filtros. Así fue como elaboró sus primeras teorías. Interesado en el tema buscó con quien compartirlo, encontrando en su ruta a Andrés, un profesor sin alumnos con quien empezó a salir de pesca.
Pasaban tardes completas dándole vueltas a los asuntos importantes. Identificaban sin problemas a los culpables y las tretas mediante las cuales se aseguraban que la infelicidad y la desgracia reinasen entre la gente ordinaria. Así que un día Andrés le propuso trabajar en una organización que permitiese pasar esta información a más gente y más gente, de modo que algún día hubiese suficiente como para ejercer algún tipo de presión.
Andrés solía divagar creando cadenas de relaciones que aparentemente eran invisibles, pero que solo lo eran porque no había nadie cerca para escucharlas. Tenía nuestro profesor unos 24 años y pertenecía a una genración particular de personas. De niño había sido pobre y eso lo había puesto tempranamente frente a un cruce de caminos. En ocasiones Andrés relataba su recuerdo de que todo había sido a causa de un sueño, bastante cliché, en el que tuvo que optar por seguir un camino fácil y uno difícil. El fácil se veía sencillo aunque no ofrecía mayor desafío, mucho menos recompensa. “Era como tener ante mis ojos una calle plana que desembocaba en nada” decía. Pero lo que más lo marcó fue la vista que tuvo del camino difícil. Describía aquél como un intrincado sendero que adoptaba una forma distinta dependiendo de las decisiones que se tomaran al caminarlo, un camino que parecía no tener final y que a cada esquina ofrecía muy en secreto una recompensa. La gente común solía tomar el primero, porque se veía más seguro y aunque no condujese a nada, era más cómodo que el segundo. Andrés era un tipo fuera de lo común, y como tal se rodeó de personas similares a él (escasas, por aquél tiempo) con las que compartía conversaciones y formulaba teorías acerca de la realidad circundante.
Una de sus teorías – heredada de los bombardeos mediático, intelectual y vivencial que había recibido – consistía en entender que cuando las personas pueden saciar sus apetitos, por lo general prefieren no involucrarse en manifestaciones ni grupos subversivos. Es por eso que cada uno de los culpables sabía que su ambición solo podría satisfacerse hasta el punto donde el resto no tuviese motivos para enojarse. Así que se inventaron cosas como el sueldo mínimo, el crédito fácil, las horas extras, la comida en lata, los programas de farándula y los bonos y ayudas solidarias. Fue esa la primera enseñanza que Piter obtuvo del profe’, y por la que se abrió entre ambos una amistad y confianza mayúsculas.
Andrés y el Piter no la tuvieron nada de fácil. Al comienzo, la rabia de Pedro hacía que las personas creyeran que estaba loco, era entonces cuando Andrés intervenía en un tono algo más diplomático y trataba de develar la verdad a las personas. Unos preferían ignorarlos, otros los escuchaban como quien no sabe cómo sacarse de encima a un testigo de Jehová, pero muy pocos ponían verdadera atención al contenido del mensaje.
Un día en que el Piter ya estaba por tirar la toalla y en que Andrés comenzaba a asumir que las ideas eran demasiado vanguardistas, Jesús se acercó a preguntarles donde podía comer algo, ojalá gratis. Pedro tenía un poco de pescado en casa, no era mucho pero alcanzaba para dejar de ver la cara de miseria con la que Jesús se les acercó.
Una vez allí las palabras se tejieron solas. Tenían tantos puntos en común, que fue sencillo. Mucho tiempo después Jesús relataría a sus seguidores la discusión de esa primera noche así:
…
“Hacía frío y yo ya llevaba un tiempo durmiendo en los parques, empezaba a sentirme mal porque no había comido bien y la verdad es que necesitaba darme un baño. Fue cuando vi a dos ángeles frente a mis ojos, y uno parecía tener la moral tan baja que producía un enorme contraste con el otro, que era pura esperanza. Sin afán de incomodarlos me acerqué muy respetuosamente a pedirles algo de ayuda. Fue allí donde comenzó el primer milagro: esa noche cenaría pescado y conocería a dos de mis más grandes amigos.
- El problema son la masa de estúpidos que tenemos por prójimos – me respondió Pedro cuando le pregunté la razón de su trsiteza – un montón de estúpidos que no pueden abrir los ojos porque porque los tienen pegados en la tele que parece ser la forma más entretenida de mirarse la punta de la nariz. Ciegos de mierda, y sordos, sordos como tapias, mudos como ataúdes. Montón de zombies sin cerebro que a lo único que aspiran es a ser dirigidos por burdos estafadores.
- Tranquilo, Piter – intervino Andrés – ¿cuántas veces no hemos discutido de que no es su culpa?, todo se reduce a un asunto de educación, ya te lo he explicado varias veces.
- ¿Educación? Lógico, pero eso es lo que les falta estos mono sapiens para que se den cuenta de cómo les están cagando encima. ¿Cómo va a ser tan difícil darse cuenta de lo que pasa?, si yo lo veo tan claro.
- Quizá lo puedes ver porque en algún momento hiciste ‘click’ en tu cabeza y cambiaste tu perspectiva. Quizá la gente no haya tenido ninguna circunstancia cercana que le permitiera hacer ese ‘click’ – le respondí yo con afán de tranquilizarlo. La mejor manera de apartar la rabia de alguien es ofreciendo una explicación al problema.
- Jesús tiene razón, Piter, cuando las circunstancias son desfavorables pero se sobrevive, la gente tiende a estar cansada de tomar decisiones difíciles que las fuercen a salir de la inercia. Es por ello que pierden la oportunidad de hacer ese ‘click’ y, llegado un momento, ya ni les interesa.
- ¡Pero cómo no les va a interesar saber que hay un mundo que nos pertenece a todos y por el que vale la pena pelear!
- Porque nunca nadie se los hizo saber – me apresuré a responder – quizá nunca tuvieron la oportunidad de tener un buen profesor o un guía.
Andrés me quedó mirando. No quería jactarse de nada, pero con el tiempo descubrí que era profesor y era uno de los mejores que había conocido en mi vida. Me hizo continuar para escuchar lo que yo tenía que decir acerca de la educación.
- Las escuelas, Piter, las escuelas no te preparan para la vida, no te dan nada útil. Lo único que te enseñan es a repetir y a memorizar, a ser sumiso y obediente. Y los profesores ya no son como antes, los profesores perdieron credibilidad. Los alumnos no los respetan y ellos no se hacen respetar. Ya todos hacen lo que quieren en las escuelas y salen del colegio como quien sale de un zoológico en el que tienen encerrados a los monos para que interactúen con otros monos. Lo malo es que los monos grandes que deben controlar a los chicos no hacen bien su trabajo, los profesores son el último eslabón en la cadena profesional, siendo que debería ser el primero.
- Mucho de lo que dices tiene razón – me interrumpió Andrés – pero siento que es mucho más complicado que solo eso. De hecho concuerdo con que existe cierta culpa de parte de los profesores, pero debes calmar tu pasión antes de repartir condenas. Tal y como todos nosotros, los profesores en general son una víctima más de las circunstancias, y llevar ese peso en una responsabilidad tan grande que hay que matizar a la hora de responsabilizarlos.
Me aprestaba a oír el gran círculo vicioso de la educación, del que pocos escapaban. Andrés sabía lo que me decía.
- ¿Cuál es la mejor manera que existe para dominar a otros? – me preguntó.
- La mentira, supongo.
- Eso sirve para engañar cuando ya los tienes dominados. La mejor manera de dominar a otros es garantizar que esos otros sean lo suficientemente ignorantes como para no percatarse de que los estás dominando. La ignorancia es el camino del que no quiere ver, así que la mejor manera de cegar a alguien es deslumbrarlo con chatarra, como los colonos a los indios, como los papas con sus cruces y como la televisión a nuestra gente. El siguiente paso es sencillo: procurar que la educación sea un privilegio y no un derecho, de manera que solo existan elites que se perpetúen en el poder. Por ello que las escuelas públicas son las peores, porque quien domina el dinero domina las decisiones. Existen muchos tipos de profesores que trabajan en esas escuelas aunque por lo general son como familias de colegas que comparten su yugo desde hace años. Los que varían un poco las cosas son aquellos que van y vienen, que pasan por esos colegio buscando experiencia o desafío. Las condiciones en sus trabajos son deplorables. Muchas de las escuelas tienen urgentes problemas de presupuesto pues el financiamiento es el mínimo o está mal repartido por asuntos de amiguismo y compadrazgo entre quienes dirigen las escuelas. Ahora bien, independiente del perfil de los docentes que trabajan en un colegio, muchos de ellos han sido educados en escuelas de pedagogía tan mal financiadas y dirigidas como los propios colegios. Dado el dsprestigio de la labor docente, muchos de los estudiantes que ingresan a pedagogía poseen serias deficiencias en su aprendizaje. Insisto que no es su culpa, es culpa de las circunstancias que se repiten una vez que han entrado a la universidad.
- Es que cualquiera es profesor hoy en día – exclamó Piter.
- Eso es cierto hasta cierto punto – dijo Andrés – no cualquiera es profesor. Hoy en día estudiar pedagogía se está volviendo un acto revolucionario. Las generaciones actuales están encontrando la respuesta al problema y se están haciendo cargo de remediarlo. El proceso es lento, pero valdrá la pena. Ser profesor se está convirtiendo nuevamente en un honor, reservado a aquellos que marcan la vida de sus estudiantes y los saben guiar. Pero muchos de los que hay hoy en el sistema forman parte de un cuerpo desmotivado y hambriento de consumir nuevos miembros para subsanar el dolor de sentirse mediocre.
- ¿Quieres decir que los profesores son mediocres? – pregunté.
- Si. No todos, como en todo orden de cosas. Y no completamene por su culpa, sino que por las circunstancias: Bajos sueldos, mucho trabajo, adaptarse a normas ridículas, condiciones de trabajo pobres material y culturalmente, exigencia de inmediatez por sobre eficiencia, un sistema mal diseñado, en fin. La cosa es que este profesor, al que se le otorgó una formación deficiente, al que se le somete a presiones inhumanas, se convierte en una pieza clave de la estrategia. Se le ataca por su punto más débil, por su vanidad. Los profesores tienden a creerse dueños de la verdad, porque necesitan sentirse respaldados ante los estudiantes, y a veces las verdades son tan incómodas de explicar o indescifrables para estos profesores, que tienden a dominar mediante la imposición. Es una reacción natural de autorefugio. El carácter domina, por lo que muchos docentes imponen su carácter con severidad para asegurarse estudiantes dóciles acostumbrados a sentir miedo. A varios les resulta, a otros no, pero el respeto en los colegios ha sido impuesto usando el miedo.
Esta conducta de autorrefugio – continuó – los lleva a perder su motivación, lo que solo los deja estancados siendo parte de la masa no pensante. Lo terrible es que no lo saben, ni lo sospechan siquiera, porque decírselos sería la más grande ofensa que les podrías hacer, y porque pasarías a ser tú quien se crea dueño de la verdad. Siendo parte de la masa, tienden a funcionar según rutinas que han dado resultado por años, pero que hoy están tan obsoletas como el fascismo y el comunismo. Rutinas que moldean estudiantes a su imagen y semejanza. Rutinas que son muy difíciles de romper una vez echado a andar el engranaje. Rutinas que serán las rutinas de cada uno de los estudiantes en el futuro. Obedecer sin pensar.
- Pero se supone que ven todas las asignaturas y pueden destacarse en algo y terminar siendo alguien en la vida, esforzarse por último – reclamó el Piter.
- Si – respondió Andrés – pero esforzarse no significa nada si no existe la intención de encontrar una razón fundamental, y para ello es necesario mantener viva la curiosidad, no encerrarla entre gritos y sanciones.
- ¿Entonces como se mantendría el orden en un colegio?, los alumnos harían lo que quisieran, sería más difícil hacer clases. Se necesita la conducta. – Le dije buscando una respuesta.
- Sencillo. ¿A quién respetas más, a alguien que parece saber mucho o a alguien que parece no tener idea de nada? – me preguntó.
- Al que sabe.
- ¿Por qué haces eso?
- Porque si tengo preguntas, podré encontrar respuestas en él.
- ¿Y si él te pone en tu lugar cada vez que no pueda o no quiera responderte? -
- Le pierdo el respeto.
- ¡Lógico! – celebró Andrés, que ya en ese entonces me guiaba con la precisión de los grandes maestros. – Los docentes pierden el respeto porque distorsionan el nivel de su misión. Perciben que hay algo que pueden hacer, pero no están capacitados para hacerlo. Podrían estarlo, si lo quisieran, pero para eso hay que ser muy autocrítico y los profesores ya tienen mucho peso sobre sus hombros para trabajar fuertemente ese aspecto. No es que lo hagan mal, pero en su horizonte de espectativas un regular equivale a un excelente, por lo que procuran atenerse a lo que el sistema les dicta. Dadas las condiciones tampoco podemos exigirle tanto.
- Siendo así estarían todas las piezas cubiertas y estaríamos todos condenados. – intervino Piter.
- Claro, pero hay nueva sangre entrando a las aulas – respondió Andrés con la cara llena de sonrisa. – y en ellos debemos depositar la confianza. Ellos tienen una misión gigantesca, hacerse cargo de cambiar el sistema desde dentro antes de ser consumidos por él. Es una tarea muy difícil, pero necesaria. La inercia se puede romper, los empujoncitos existen. Lo importante no es solo que encuentren la manera, sino que tengan el entusiasmo, la fuerza y la perseverancia suficientes para no quedarse estancados. Si caen en el círculo peligroso de creerse dueños de la verdad, perderán la única posibilidad que han tenido de cambiar las cosas. Súmale a ello los profesores que han ido despertando, contagiados por las nuevas fuerzas y que han decidido hacer un cambio en su vida.
Lo miré y entendí. Aún hay esperanza.”
…
Jesús pasó unas semanas en casa de Piter, ayudando con los quehaceres y uniéndose a la causa de los dos locos que había conocido. Varias veces compartió jornada con Andrés, incluso entrando a su aula. Pero lo que más le llamó la atención fue acompañar al Piter, porque cada día se encontraba con una situación nueva. Hacía un tiempo, el Piter había perdido su barca en un tsunami que arrasó con la costa de su pueblo (comprenderán que los problemas que tenía con Dios eran bastante graves). Dado que no tenía seguro ni propiedad sobre el bote, se quedó sin su fuente de trabajo y tuvo que buscar alternativas para ganar lo suficiente para reconstruirlo. Se negaba a trabajar asalariado con un contrato, por lo que se dedicaba a su propio negocio a tiempo parcial: maestro chasquilla.
Después del tsunami, eso sí, y por la urgencia, fue obrero de la construcción, donde aprendió todo lo referente al mantenimiento de una vivienda. Gracias a la adopción de las nuevas ideas, no bastó mucho tiempo para que el Piter fuera despedido y se ganara mala fama por lo de “alborotador”. Pero el Piter prefirió dar un paso al lado y ganarse la vida a la vieja uzansa, con sus propios recursos. Algo de sus años de escuela técnico profesional se mantenía en su cabeza y podía arreglar desde un interruptor hasta levantar una ampliación completa para una vivienda. Era muy bueno en lo que hacía, por lo que tenía bastante clientela que se pasaba de boca en boca el dato. Su trabajo le daba suficiente para vivir y dedicar la otra mitad de su vida a ser un animal político.
Una tarde, al terminar una obra a la que el Piter había llevado a Jesús dada su relación con la carpintería, el cliente, un abogado de poca monta y mucho dinero, ofreció pagar el trabajo a la semana siguiente. Sin embargo Piter se lo impidió. Juzgando rápido y mal, se podría haber creído que el Piter no hubiese respondido al problema sino con violencia, pero no fue así. Jesús observaba en silencio cómo Piter fue capaz de hacer valer su derecho solo teniendo el carácter y el conocimiento suficiente para hacerlo.
- Lo que acaba de hacer, señor, es un delito. Quizá muchos vacíos legales lo amparan, principalmente porque no hemos hecho un contrato sino solo pactamos algo, por lo que nada de lo que esté en su código nos afecta. Ahora bien, moralmente lo que usted acaba de hacer corresponde a una clara injusticia y a un abuso hacia mi persona. Yo no debo esperar una semana porque nunca se me informó de esa parte del trato. Y usted no puede rehuír su deuda porque mi trabajo está completo. Usted ha declarado sentirse satisfecho prometiendo pagar, sin embargo no puedo permitir que alguien que me ocultó información sea honesto una segunda vez. Lo mío es mío al ganarlo con derecho, y si usted y su ética soportan semejante abuso, entonces hemos roto nuestro trato, yo me llevo mi trabajo a casa, y usted y yo no volvemos a cruzar palabra.
Jesús dubitó. El tipo que el Piter tenía en frente parecía seguro, pero empezó a tambalear una vez que fueron claros con él. Su cara se llenó de contrariedades. Escuchaba en silencio un monólogo de su peor defecto, y sabía que no iba a convencer de lo contrario a su oponente. Poco a poco la fuerza decayó y buscó una excusa. Diez minutos más tarde llegaba el pago correspondiente al trabajo.
- Te lo digo, Jesús – exclamó el Piter antes de dar el primer mordisco al completo por el que fueron tras el desaguisado. – Una cosa es ambicionar un cambio, y otra cosa es tener el carácter para lograrlo. Si no demostramos ser capaces de cambiar nuestra propia manera de ser y pelear con nuestras debilidades, lo de hoy habría desembocado claramente en una pelea. Pero las ideas, cuando son concretas y puedes sustentarlas, sacan a relucir el sentido común.
Y el sentido común empezaría, desde entonces, a reinar en la cabeza de Jesús.
Escrito en El Evangelio según el Profe' Aldo